2 de marzo de 2010

Hoy hace cinco años que abrí este blog. Y hoy me dispongo a poner el punto final en la pantalla, o al menos en este rincón en el que tantas letras he ido amontonando. A lo largo de todo este tiempo -cinco años es mucho tiempo, la verdad-, han crecido muchas cosas, además de yo misma. Internet se ha ido haciendo grande, y he puesto cara y olor a muchos nombres que se dejaron caer por aquí para leer mis textos. Nos hemos hecho habitaciones propias, pequeñas casas, lugares comunes y acogedores en los blogs y otras herramientas de esta telaraña gigante con puntos y ceros que van aumentando con cada par de ojos y decenas de dedos que se enfrentan a las pantallas de los ordenadores.

He escrito mucho, no tanto como otros, pero sí bastante, y he sido más o menos constante. De forma anónima al principio, más tarde con nombre y apellidos, he terminado colaborando en periódicos, revistas, e incluso viendo publicados mis poemas (puñados de páginas, impresión digital, ilustraciones hermosas, rodeadas de buenos amigos y grandes desconocidos, mis palabras).

Hoy, aunque parezca increíble, me acompañan en el camino personas que conocí a través del lenguaje binario que conmueve corazones. Amigos. Gente a la que ahora puedo mirar a los ojos y dar las gracias por haberme ayudado siempre a escribir una línea tras otra, una palabra junto a la siguiente, y dos, y tres, y cuatrocientas; compañeros que me han enseñado a ser autocrítica, a seguir adelante, a dejar ver menos y a dar más. Insisto: amigos. Y al igual que los amigos, también detrás de las pantallas se quedan los desconocidos, los que tan sólo han pasado una o dos veces por aquí. O quienes no han llegado por azar ni voluntad propia, y quizá no lleguen nunca.

En cualquier caso, ha llegado el momento de marcharse sin hacer demasiado ruido. La saturación de información a veces supera. Llegó un momento en el que me encontré con que no conseguía escribir de forma fluida por estar demasiado inmersa en un ambiente viciado en el que parece que ya no importa la calidad: ahora todo vale. No importan las tildes, ni el ritmo, ni las metáforas. Ni siquiera escribir con el corazón en la boca, que decía ella. Los contactos en las redes sociales, las fotografías, los colores dos punto cero, el hache te eme ele, todo parece acabar diluyendo la palabra, la que a mí me importa.

No me marcharé del todo, por supuesto que no. Estaré en otros rincones. Y seguiré escribiendo, que es lo que necesito ahora. Pero era importante escribir este adiós quedo, hoy, dos de marzo de dos mil diez, cinco años después.

Hecho está. No ha sido tan difícil.

Hasta siempre.

27 de febrero de 2010

con cierto sentido



4 de febrero de 2010

[comienzo del primer acto]

Los hombres valientes se dieron la vuelta.
Dolidos.

Él, orgulloso, congeló la mirada.
Y nunca llegó a llorar del todo.

Sin embargo,
todos los primeros de mes se acordaba de Zeta,
se acordaba de Jota. Escribía un mensaje
con el destinatario en blanco.
Dudaba.

Los buzones cada día más vacíos.
Los carteros tan tristes.

Y los hombres valientes que nunca contestan al teléfono.

[Fin del primer acto]

1 de febrero de 2010

So, please

Ahora es entonces.
Ahora todo es como no queríamos creer que sería:
tú y tus párpados enormes, vendados,
durmiendo ciegos y azules.

Bigotes disimulando sonrisas.

El ciberespacio es tan equívoco.

Vivo en el mundo.
Vivimos en el mundo.

Aquí huele a sinestesia, y nadie ha venido a apagarme las manos
todavía.
Hay gente que canta dentro de aparatos que, en el fondo,
no suenan.

El mundo va a explotar.
Va a explotar.
Va a explotar.

Boom.

Te lo dije: lo siento.


6 de enero de 2010



riverrun, past Eve and Adam's, from swerve of shore to bend
of bay, brings us by a commodius vicus of recirculation back to
Howth Castle and Environs.


Finnegan's Wake (James Joyce)

23 de diciembre de 2009

El retorno del rey

Nada auguraba el regreso inminente del rey a palacio
las piernas cruzadas de los súbditos
las manos en las bocas, el infierno, las epidemias,
el miedo a no volver a escuchar el galopar de los caballos.

Temporada otoño-invierno en los bosques del reino
los ciervos vagaban tristes por los claros desolados,
tan sólo quedaba el frufrú de las hojas besando la hierba
y un pueblo entero sin brillo en los ojos.

Hasta que un día, de repente,
apareció la figura del monarca en lo alto de una loma,
montado en su burro blanco, resplandeciente de heridas.

– Todo vuelve – dijo, con su boca de arce y su voz complicada.
–Todo vuelve.

Y cayó el primer copo de nieve del milenio.

21 de octubre de 2009

No, mira, yo es que sólo sé escribir desde aquí

“Ojalá mi oficio fuese tumbarme a leer en un campo de girasoles”, se dice mientras moja los labios levemente en el café y se quema los dientes. Ha decidido aprender a tocar el piano, lógicamente, por la tristura inevitable que lo acompaña. Y toca una negra y piensa en la deshumanización de las relaciones, y en un árbol al que nunca llegó a subirse, y en la comba que ahora las preadolescentes cambian por el Photoshop y las redes sociales azul celeste. Y el día avanza inexorable, sale al viento otoñal y antipático para dejarse engullir por el piso, donde se siente total y absolutamente estúpida al ver cómo se le escapan uno y otro metro debido a la ralentización repentina del centro neurálgico interpersonal. Y sale de nuevo a la superficie tras un vuelo de escalones, mientras en su oído interno resuenan las ambulancias, la onomatopeya tonta de un beso, los vendavales. Parada como una estatua a la que mueven al centro de las intersecciones, en la entrada del invierno, sin atreverse a pasar y estremecerse. Como si llevase aún el bañador puesto, tiritando de una fiebre que no alcanza a comprender. A medio camino entre la sonrisa y el llanto: ciclotimia aguda con visos de bipolaridad. Y todo en mitad de la ciudad gigante, ésa que llaman felicidad. Como si tal cosa.