He escrito mucho, no tanto como otros, pero sí bastante, y he sido más o menos constante. De forma anónima al principio, más tarde con nombre y apellidos, he terminado colaborando en periódicos, revistas, e incluso viendo publicados mis poemas (puñados de páginas, impresión digital, ilustraciones hermosas, rodeadas de buenos amigos y grandes desconocidos, mis palabras).
Hoy, aunque parezca increíble, me acompañan en el camino personas que conocí a través del lenguaje binario que conmueve corazones. Amigos. Gente a la que ahora puedo mirar a los ojos y dar las gracias por haberme ayudado siempre a escribir una línea tras otra, una palabra junto a la siguiente, y dos, y tres, y cuatrocientas; compañeros que me han enseñado a ser autocrítica, a seguir adelante, a dejar ver menos y a dar más. Insisto: amigos. Y al igual que los amigos, también detrás de las pantallas se quedan los desconocidos, los que tan sólo han pasado una o dos veces por aquí. O quienes no han llegado por azar ni voluntad propia, y quizá no lleguen nunca.
En cualquier caso, ha llegado el momento de marcharse sin hacer demasiado ruido. La saturación de información a veces supera. Llegó un momento en el que me encontré con que no conseguía escribir de forma fluida por estar demasiado inmersa en un ambiente viciado en el que parece que ya no importa la calidad: ahora todo vale. No importan las tildes, ni el ritmo, ni las metáforas. Ni siquiera escribir con el corazón en la boca, que decía ella. Los contactos en las redes sociales, las fotografías, los colores dos punto cero, el hache te eme ele, todo parece acabar diluyendo la palabra, la que a mí me importa.
No me marcharé del todo, por supuesto que no. Estaré en otros rincones. Y seguiré escribiendo, que es lo que necesito ahora. Pero era importante escribir este adiós quedo, hoy, dos de marzo de dos mil diez, cinco años después.
Hecho está. No ha sido tan difícil.
Hasta siempre.
