4 de junio de 2007

De cómo las zurraspas acabaron con un ejército de cuatrocientas palabras

Todo comenzó cuando olvidé colgar las zurraspas a secar. Los vecinos cantaban ópera y una dulce luz roja se esparcía por el patio. Empezaron a gotear las palabras, una por una primero, luego de cien en cien, cuatro chorros incesantes que golpeaban las baldosas, toc toc, y luego glub, glub, y las palabras que se hundían y se hundían. Se celebró un funeral en memoria de todas ellas. Una de las chicas lloraba a lágrima viva, ellos se componían torpemente, ajustando y aflojando sucesivamente los nudos de sus modernas corbatas. Nadie dijo una palabra (cuatrocientas eran ya suficientes). Todo se fue escapando poco a poco, lentamente y sin dolor, como los constipados y los malos olores. Entre sístole y diástole, alivio. En las aurículas, penas congeladas, un puñado de años cortos y años largos y ciudades amarillas como ojos de gato. Se acabaron, al caer una tarde de junio, las andanzas de máquina de escribir y partidos de baloncesto, las salidas nocturnas de emborracharse hasta morir un poco, los errores, las miradas de deseo y los abrazos de cariño, todo, sin decir nada, sin palabras (cuatrocientas eran ya suficientes). Todos estaban presentes: la niña de los ojos mojados y los rizos rabiosos, el chico alto alto alto, el del pelo de paja y corazón de león, el de gafas y corbata que perdía por suerte y el de barba espesa que no dejaba ver sus enormes sonrisas, y también la del pelo-negro-pez y la piel láctea, que no sabía si sentirse culpable o irse de vacaciones a tierras más cálidas. Gente del oeste eran todos, menos algún oriundo de la fría meseta, que no por ello estaba más centrado ni tenía menos pena por la marcha de Sofía, de Teo, de Nando y Ana y Natalia, de Esther, de Luis y de Mauro (o Mauro nunca había estado, o se había ausentado mucho antes). Se citaron las anorexias y los golpes, los amores y los cuernos varios, otros entierros anteriores y otras fiestas del fin del mundo. Se citaron en silencio, claro.

Por último, intentaron borrar todas sus huellas, en todas las calles, en todos los bares, en las facultades que les habían visto perder unos miedos y ganar otros. Se despidieron de todo menos del esquema que había quedado incrustado en sus cabezas. En silencio, se retiraron cada uno a un rincón del mundo, a ver moverse las palabras.

7 chillan:

La Niña Boomerang dijo...

No sé si estás trabajando... pero te tengo que llamar ahora mismo.

Sherezade dijo...

Aunque nunca os merecieseis un final, este es el final que os merecíais.

frente por la liberación de las causas perdidas dijo...

pues yo pondré la nota friki-discordante: si meredith se levantó del coma, 400palabras resucitará de sus cenizas!!!
amén que.
PD: el texto me encanta, eso sí.

Alnitak dijo...

Yo, como saben, los descubrí tarde pero me enamoré pronto de la idea, y hoy leyendote aquí me doy cuenta de que Cuatrocientas era mucho más de lo que parecía a simple vista.

Saludos

peter dijo...

¿Cuanto son cuatrocientas palabras?
Es mucho, poco, o despedida.

s_gg dijo...

Cada uno en un rincón del mundo pero con cuatrocientas palabras, las mismas cuatrocientas palabras, que puestas en fila, una tras otra, pueden hacer que el camino de ida algún día sea de vuelta.

Ginger dijo...

creo que todos esperamos que sea un hasta luego, y no un adiós...